30.9.07

Los “inertos”

Para Marisol, compañera y sin embargo amiga

l lado del chunguíbor, la Genialidad de Cataluña y la de Valencia, el mosquito tigre y el mejillón cebra, existen los “inertos”. La palabra o palabro la oí el otro día por ahí y creo –sin quitarle su candor- que podría proponerse como un híbrido para designar al inepto o inepta inertes. Ya tenemos en la lengua perlas de cuño parecido admitidas en el club selecto de las voces correctas. Es el caso de “molondro”, que según el DRAE proviene de “mondo”, “orondo” y “remolón”.
Hay quien cree que la lengua es eso y que se toma el diccionario como un código infalible, dirimente y antonomásico. Pero, ¿quién nos dice que no tendrá sus hackers o algún saboteador cuya broma se hubiera perpetuado hasta la vigésimosegunda edición? Parece más verosímil que provenga la voz molondro de una república antillana que de todo ese alarde morfológico cuya composición debemos creer como si se tratara de un dogma de fe.
El molondro (dicho sea con el tono de “El hombre y la tierra”) se distingue enseguida, siempre parado como un butacón. El inerto no. Crea el inerto problemas donde no los había y genera líos tan inextricables que deshacerlos los aprieta. Nos hará una misma gestión dos veces, y con fotocopias, con la churra de provocar trámites paradógicos y contrapuestos que zumbarán como un bucle irresoluble hasta el fin de los tiempos.
Capítulo aparte merecen los calling centers deslocalizados. El hilo musical y el audiotexto se alían y nos obligan a seguir el diagrama de vicisitudes previsto tantas veces como telefoneemos. Y eso si no nos cuelan publicidad. Dan ganas de decir: “No, no me interesa un seguro para ningún coche, ¡odio los coches!, pero ya que saca el tema, tengo un bonito simfonier en raíz de cerezo que a lo mejor a usted sí que le podría interesar”.Ah, es inútil aprehenderse el orden de las respuestas sucesivas del audiotexto: cada tanto cambian teclas y significado. Si obtuviéramos dos llamadas contradictorias, la tercera nos descuadrillaría. Mejor no intentarlo.
En el calling center de una celda inmunda del círculo dantesco de los malos consejeros se gana su birria de sueldo un molondro que mira opacamente la pantalla del ordenador con ojos de emo transido. Sí, los emos, los de la tribu urbana que ostenta cortes en las muñecas y visten de negro impecable y llevan el pelo caído sobre la cara como Veronica Lake pero más. Esto no es nada comparado con las palabras y los palabros que nos merecen o nos inspiran los bancarios fatuos cuyas corbatas huelen a ambientador. Ya solo porque nos cortan la respiración había que meterles una reclamación. Sabe Dios cómo acabaremos. Ya tuve el viernes dos déjà vus o paramnesias seguidas y no me extraña porque me las había tenido que haber con una ínfima parte de la Administración de la Unión Europea. El aplicativo se salía de la pantalla de grande que era y tenía que deslizarme barra arriba y barra abajo, barra a derecha e izquierda, hasta no saber en qué lugar me hallaba. Y sin embargo, la letra era tan pequeña como la que se graba en la maquinaria de los relojes.
Con tanta pantalla metralla y con tanto mosquito tigre, con tanto inerto y tanta corbata flamante, es imposible no bizquear. Es inútil ponerse a salvo de las paramnesias, las sacudidas hipnagógicas y el blefarospasmo o tic palpebral que coge en la fecha límite.
La chapuza no es que se merezca un capítulo o un post. Es que se merece un blog. Sirva de aperitivo el post de ayer de Luisa Cuerda en su blog (“Más sobre Argaya”), donde se denuncia como Jorge Manrique –no el del siglo XV, cuyos derechos ya habrán prescrito- ha sido plagiado por una de nuestras Difurciaciones o Diputaciones. A ver quien tiene palabras para la chapuza-corrupción-picaresca del listillo canalla. Asco de vida.

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El Club Leo

na vez tuve el honor de ser invitada a una cena del Club Leo. Desconozco si se siguen reuniendo. Era un grupo de unas treinta personas o más que tenían en común como mínimo haber nacido bajo el signo de Leo. Cuando me invitaron me vi en el deber de protestar. Al fin y al cabo oficialmente soy Cáncer. En mi opinión precisamente a un Leo genuino se le reconoce en una mesa llena de gente porque todas las miradas se dirigen irresistiblemente a él o a ella. Así es que no me resistí más de lo debido, ya que sentí una gran curiosidad por ver que iba a pasar con tantos leones.
En fin, en mi modesta situación de cangreja, me dirigí al lugar de la cena, cada minuto con la confianza más debilitada. Nada más llegar me hice cargo de donde me había metido: era la última cena de un restaurante de dos rusas, madre e hija, arruinadas. Es decir, que se trataba de ayudarles a aprovechar lo poco que les quedaba en el frigorífico y pagarlo como si se tratara de una cena de la Rusia imperial con su caviar, su champagne y su venado a las finas hierbas. El restaurante estaba en el Ensanche, en una de las calles perpendiculares al Tibidabo. Era muy amplio. Las rusas se habían empeñado en dignificarlo y, seguramente que para tapar las manchas de humedad o la falta de pintura, estaba adornado con unos enormes crespones de tieso lamé feo y pueril. Cuando estaba a punto de sucumbir a la melancolía, vi aparecer tres rusas. De diferentes tamaños, como esas figuras de campesinas rusas que se contienen unas en otras, las matriuskas. Madre, hija y nieta, entre las tres tendrían unos 77 años. No más.
El atractivo de la cena fue que cuando nos servía la rusa digamos del medio, parecía moverse como una mariposa. Debía de ser poco menos que bailarina. Las mujeres que preferimos la fuerza a la violencia, también gustamos más de la ligereza que de la velocidad.
Lástima que de una manera inesperada en uno de los bocados se me resquebrajó una muela del juicio. Un dolor salvaje me surcó el cuerpo desde el cordal hecho añicos hasta la punta del pie e incluso más allá del pie. Como pude, discretamente, escupí los trocillos de muela en mi pañuelo y como pude seguí en la mesa. Siempre fui muy estoica. Por ejemplo, a los ocho años me tragué el capuchón de un edding 1200 rojo y, aunque pasé unos instantes muy malos porque no podía respirar, nadie se enteró. Clase de lenguaje. El final de la digestión fue al cabo de dos o tres semanas en casa. Entre terribles cólicos confesé. Mi madre me mostró una palanganita ignominiosa y me pidió que me sentara encima indefinidamente. En perspectiva, creo que hice bien en los dos casos. Si llego a mostrar en la escuela mis signos de asfixia, no quiero ni pensar en lo que hubieran intentado hacerme. Y si no hubiera pasado por la confesión y la palangana en casa no se habrían creído lo del cuerpo extraño bajando penosamente esófago abajo. Lo sé. Aún no se ha creído lo de la puerta de cristal que atravesé y otros siniestros.
Volviendo a la cena de los leones; después de los postres la rusa grande y la pequeña nos cantaron. Eran dos voces magníficas. La de la abuela contrastaba con la de la nieta, que parecía de otro mundo. Y se unían en algún sitio de nuestros corazones. Y se bastaban para demostrar todo aquello de la grandeza del alma rusa. No pude más y dejé tranquilamente que se me escurrieran lágrimas como garbanzos. Dejé también que los leones pensaran lo que quisieran. Probablemente creyeron que tenía la sensibilidad a flor de piel o bien que tal vez me había hecho daño el vino, del que excuso comentarios. Y lo que pasaba es que lloraba por aquel lamé tan feo, la camarera bailarina arruinada, la muela en el bolsillo y porque todo tenía al cabo una abrumadora belleza.

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28.9.07

Inventario (2): Sobres intonsos

“Observé asimismo que esos escondrijos rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias igualmente ordinarias”
Edgard A. Poe, La carta robada. Traducción de Julio Cortázar

e notado que un montoncillo de cartas sin abrir en un punto de la casa elegido según los principios de La carta robada de Poe, dan un toque de intriga, inquietud y distinción en el salón-comedor más convencional del mundo. En una película serían un error, pifia o goof –lo que se prefiera- de esos que aprecian los cinéfilos más allá del diálogo y de la puerta que cruje como si la hubiera abierto Clint Eastwood o la hubiera cerrado Burt Lancaster o Marcello Mastroianni.De momento junté siete. Creo que más de veinte sería pretencioso y falto de naturalidad. No abrir el sobre con la factura del teléfono tiene su encanto. Aunque los dos primeros minutos sean malísimos. Lo malo, como pasa con tantas cosas, es que el montoncito de sobres intonsos se estandarice como un taquillón tallado a lo rústico o el “Gernika” (años 70), “Los girasoles” o un kilim (años 90), o lo que le pasó al batín de Cachemira de siempre, tan socorrido.


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27.9.07

Inventario (1): Historia de un calcetín y de su pareja

Ahí en la foto está la carmona boxifolia que me regalaron anteayer. Se dirá que qué tiene que ver mi bonsai con mis calcetines. De momento no hay nada, pero no sería de extrañar que lo hubiera. E incluso podría pronosticar que sería a iniciativa de los calcetines. Y es que aunque pudiera parecer que la carmona, por pertenecer al reino vegetal y a la república de los arbustos, está más cerca de estar viva que un calcetín, estos calcetines están más vivos todavía que a veces lo estuve yo misma. 


Los aparatos, los productos, las herramientas, la ropa, los objetos, mi rotulador azul, el rojo, todas las cosas que tienen una historia, son más que testigos de nuestro quehacer y de nuestros errores y horrores, descuidos y tientos. No sé en qué lavado se extravió uno de los calcetines de un par. Cuando apareció escondido en el hueco de una sábana ajustable, habían pasado semanas y para entonces no encontré el otro. Cuando lo hallé, no sabía dónde había puesto su pareja. Ahora uno de los dos está enrollados sobre los Ensayos de Montaigne. Supongo.

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Pater

n el aptenodytes forsteri o pingüino emperador se encarna aquella frase de que “una imagen vale más que mil palabras”. El documental sobre "La marcha del emperador" (Le marche de l’empereur, 2005) de Luc Jacquet, sigue a un grupo de pingüinos en el invierno antártico, cuando crían. Es al verlos en movimiento cuando mejor se percibe su naturaleza. Los maestros del tai chi dicen que podemos experimentar el jing de otra persona pero no su chi y que uno mismo puede sentir su chi pero no el jing. Precisamente solo he conseguido entender la diferencia entre chi (energía), jing (poder interior) y hasta el shen, a través de esta explicación. Por mucho que leamos sobre las vidas de los pingüinos emperadores, su forma de andar nos dirá mucho también. Por mucho que hubiera leído sobre las vidas de los pingüinos emperadores, sin "Le marche de l’empereur" no hubiera sacado más que una visión incompleta.

Luc Jacquet hace que el narrador sea siempre un pingüino. Evita por lo tanto, yo creo, el intrusismo, e invadir la intimidad con las cámaras y toda la arrogante artillería o quincalla cinematográfica. Hay una banda sonora post-rock muy acertada, que concierta con la delicadeza de la danza nupcial y la incubación, con el frío extremo y el mar.

“Cuando la luna y el sol coinciden en el medio del cielo el tercer mes se ponen a caminar”. La marcha obedece al signo celestial de “las bodas del sol y la luna”, tal y como la mencionan algunos textos taoístas.

La ruta parece diferente de una año para otro pero sólo porque los icebergs se van desplazando. Está claro que, como otras aves, se guían por las estrellas. Caminan juntos veinte días patosamente. Cuando se tambalean y caen, resbalan sobre sus panzas. Los rezagados y los débiles mueren. Una vez en tierra firme se emparejan casi siempre con la misma pareja del año anterior.


Después de tres meses lunares, la hembra pone el huevo y, con mucho cuidado de no romperlo y de no exponerlo demasiado tiempo al frío glacial (de -60º C), se lo transfiere al macho, que lo incubará durante dos meses creo que solares. Mientras los machos empollan su huevo en su faldón abdominal, las pingüinas vuelven famélicas al mar.

Los pingüinos llegan al límite de la vida. Algunos mueren adormecidos de puro frío. Las ventiscas son terribles y tienen que hacer una testudo o tortuga como la que hacían los militares romanos. Forman una piña cuyo centro alcanza hasta 20ºC, que se va renovando continuamente, de fuera a dentro y de dentro a fuera, para ir manteniendo en espiral el calor y distribuirlo de forma equitativa. Las pingüinas regresan en pleno invierno, en la larga noche de siete días. Con la claridad que se va proclamando despacio, como la sinfonía de Górecky, en el horizonte, los huevos empiezan a resquebrajarse. Cuando salen del huevo, los pollos necesitan comer para sobrevivir y son los padres quienes les dan unas reservas que tenían guardadas en el esófago tras cuatro meses de ayuno. Si una madre no consigue regresar por culpa de que la ha devorado un león marino, además de ella morirá su hijo también. Cuando regresan afanosamente no saben si encontrarán al pollo vivo. Un narrador de la película de Luc Jacquet, es uno de los polluelos. Señala en este punto, con encantadora plasticidad, como las madres cuando se van se ven por su cara negra y, al regreso, por su cara blanca. Um. Dice el verso de Rosalía de Castro: “Castellanos de Castilla tratade ben aos galegos,/ cando van, van como rosas,/ cando veñen coma negros”. Vería desde su destino en Simancas junto a Murguía, a los segadores temporeros ir y venir.

Seguimos con los pingüinos. En el reencuentro, cada pareja vuelve a hacer la danza nupcial, que es muy hermosa. Las hembras se hacen entonces cargo de los pollos. Los machos se los entregan caminando sobre sus talones y cubiertos con el faldón abdominal. Durante bastante tiempo los pollos son incapaces de pescar y viven de lo que regurgitan las pingüinas. Los pingüinos, antes de dejar madres e hijos para su turno de comida, les cantan para ser reconocidos a su vuelta. En su marcha se mueren muchos de ellos. Mientras tanto, los polluelos van fortaleciéndose al mismo tiempo que el día crece. Aún les acechan dos peligros: los petreles y las ventiscas. Los padres llegan con el deshielo, pero finalmente con el verano se separan todos. "Le marche de l’empereur" se acaba con las zambullidas en el mar azul profundo, en los larguísimos días del verano, y con una parrafada: "Se pasarán cuatro años en el mar. ¿Adónde van? Es un misterio. Solo sabemos que un buen día, cuando sean grandes, reaparecerán juntos en el mismo lugar como por arte de magia."

El eclipse de marzo de 2007
Parece que la vida de un pingüino, a pesar de todo, puede llegar a alcanzar cuarenta años. El término medio es de veinte años. Impresiona, en cualquier caso, sea como sea, su supervivencia. Pienso que, cuando esto escribo, los dos pingüinos de la fotografía viven y que el padre un día de éstos de marzo, tal vez después del eclipse, irá a encontrarse con sus congéneres para empezar la marcha. Mientras, el pequeño seguirá en el mar.

Las cosas de la vida, la vida de las cosas
Mi padre dejó a su muerte pocos efectos personales. Mucha ropa, pero poca cosa más: unas tijeritas de cortarse las uñas que las tenía ya de soltero, la máquina de afeitar, la alianza, una insignia de oro que le dieron al cumplir 25 años en el Centro Gallego, naipes, un dominó y unos recortes de prensa con victorias del Deportivo de La Coruña. Poco más. Nos ha dejado el recuerdo y dinero. La desnudez de su muerte es algo que me hizo percibir cualidades que la vida de los pingüinos emperador me permitió entender. En otras palabras: entendí muy bien algunas cosas de mi padre a través de los pingüinos más que a través de su muerte. ¿O fue su muerte lo que me hizo entender la vida de los pingüinos? Lo cierto es que, por una vez, entendí en donde estamos.
Claro está que los pingüinos siempre han tenido un algo antropomórfico, y no solo cuando forman un grupo y parecen hombres de smoking. No es eso sólo, es por algo más que tiene que ver con una torpeza para andar sobre sus dos patas. ¿Qué otro animal camina sobre dos patas? Ahora no se me ocurre ninguno, aparte de los pájaros. Y de nosotros.
Que los pingüinos sean capaces de sobrevivir en condiciones tan adversas todavía se destaca más por tratarse de la Antártida. Pero parece que la supervivencia despierta las mejores cualidades. No sé qué diría Sackleton. A lo mejor matizaría tal afirmación porque en la expedición que él dirigió a principios del siglo XX, “Endurance”, tuvo que vérselas con la mezquindad de alguno de los tripulantes. Sackleton, a pesar de pertenecer a una clase social alta o precisamente por eso, sabía que solo trabajando en equipo podían sobrevivir. El “Endurance” varado en medio del hielo –en otro documental memorable- es una imagen que evoca cualidades humanas que nada tienen que ver con la testudo de los emperadores en medio de la ventisca antártica. Mi padre estaba más cerca del aptenodytes forsteri que de Sackleton. Estaba más cerca del padre incubador que del líder o de cualquier forma evolucionada del hombre postindustrial.
Otra cuestión que me permitió ver el parecido entre mi padre y los pingüinos fue lo de los icebergs. Según la película de Luc Jacquet, los pingüinos tienen que guiarse por las estrellas porque de un año para otro los enormes bloques de hielo se desplazan a la deriva. Nada les permitiría orientarse hacia tierra firme. Mi padre empezó a desorientarse al poco tiempo de declarársele la enfermedad de Alzheimer. No lo admitía. De hecho, lo que nos había puesto sobre aviso de que algo no iba bien es su desorientación en el tiempo, entre los días de la semana primero y luego entre los meses del año hasta llegar a desorientarse también con los años. El cambio de la peseta al euro lo dejó fuera de juego, como pasó con muchos ancianos. Como en el Turó de la Peira se iban reemplazando los bloques afectados por la aluminosis por bloques nuevos, cada vez le era más difícil reconocer las calles. Además, los vecinos de toda la vida se mudaban de un bloque que derribaban a otro recién construido pero por sorteo. Eso significa que ni de casualidad iban a parar a un piso equivalente. El resultado podía ser inmejorable pero lo cierto es que también resultaba desconcertante. Llegado un momento, mi padre ya no iba a pasear más allá de la primera esquina pero esto lo hacía varias veces al día hasta que se le juntaban las continuas idas y venidas, y en el colmo de la galleguidad ni él mismo sabía si estaba en la puerta porque acababa de llegar o porque estaba a punto de marcharse. Mas aunque se suele decir que el Alzheimer es una enfermedad que la padecen los otros, yo me imagino la zozobra de verse perdido y sin reconocer las calles, sin poderse guiar más que por su propia estrella.
Por los días que precedieron al de su muerte, cantaba, y cantaba especialmente una canción que no le habíamos sentido cantar nunca: “¿Quién será la que me quiera a mí? ¿Quién será? ¿Quién será?”

El 13 de enero hizo un calor anormal. Los pájaros en Doñana no sabían hacia donde tenían que ir o si debían criar.

In memoriam José Domínguez Fernández (Betanzos, 10 de junio de 1924 – Barcelona, 13 de enero de 2007)



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24.9.07

Divagaciones de Otoño (3): horizonte y skylines



e gusta en las películas de indios cuando asoman a lo ancho del horizonte en sus caballos. Momentos antes de la batalla. Esa línea se eriza puramente entre la tierra y el cielo. Los indios sabían qué panorama iban a ver sus enemigos. Pero más bello aún que el alarde, su aplomo o su solemnidad, es que con la fila se marcaba también una línea entre un antes y un después. Y, por si fuera poco, entre el firmamento y la tierra, y cuanto para estos pueblos significaban. En ese punto, cada uno de los guerreros se podía embriagar de furia para lanzarse al galope tendido sobre el campo de la muerte.

El horizonte es algo que yo sólo conozco de lejos. En Castilla o mirando el mar. Alguna vez me he atrevido a desear tenerlo presente al menos o llevarlo pegado a mi como pasa en los dibujos infantiles. Imposible”.

(Vida mía: obra póstuma, M.-R. Domínguez Senra)

Desde Collserola, la sierra que rodea Barcelona junto con los ríos Besós y Llobregat y el Mediterráneo, la vista pocas veces es diáfana. Es difícil divisar la isla Mallorca. Éstos días desde allá arriba se ve la skyline por detrás o descompuesta, y una atmósfera de calima cachumba y dióxido de carbono maloliente.

Se dice que el aire se renueva en la Pequeña Bretaña, en Santander y en los países bárbaros a razón de siete veces por cada una que lo hace en el Mar Mediterráneo, la cuna de nuestros clásicos y del flamenco. A mi es que las skylines arquitectónicas no me dicen gran cosa. Mi gusto en Arquitectura se resume en un par de ideas mal contadas: simplicidad y que la cosa no apabulle, sino que sea algo acogedor y sensato respecto al clima. A veces me gusta ver en los mapas como si lo externo fuera la tierra. Mi mirada juega embobecida en el eje de mar adentro/tierra adentro como cuando vemos en un ajedrezado dominar el blanco y el negro alternativamente. ¡Qué maravilla los atlas bien impresos y con sus nombres claros!

La verdad es que estoy tan Marta adentro que todo me parece externo e indistinto. Esos barcos que parecen rascacielos a la deriva, hacen pequeño el mar, hacen absurdas las orillas y ultrajan el horizonte con sus siluetas amazacotadas. El horizonte era el lugar ideal para cuando dejara de ser quien soy. Habrá que improvisar.

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Divagaciones de Otoño (2): As viúvas dos vivos e as viúvas dos mortos

El verso de Rosalía de Castro designaba a las mujeres que quedaban en Galicia y cuidaban la tierra, los animales, los niños y los viejos, mientras los hombres emigraban a Cuba. En realidad, las viejas, al decir de mi madre, por lo menos cuando ella era una niña, cuidaban de los niños. Y cuando ya no servían para cuidar de los niños, pelaban las patatas y los guisantes. Cuando ya no servían para pelar las patatas y los guisantes, hacían los cinco lobitos. Este plan es muy esquemático, pero doy fe ya que yo misma he podido ver, cuando era niña, viejas pelando guisantes y haciendo los cinco lobitos. Las viudas de los vivos de Rosalía ya no son lo que fueron, ni mucho menos. El apelativo las sobrevive y zanja cualquier veleidad sociológica de la etnoantropología estupendísima.
Que conste que la Antropología ha hecho muchísimo por la Lingüística al conseguir que los filólogos pudieran advertir que el tiempo supino no es consubstancial a las lenguas humanas, sino que es solo propio del latín. No obstante, la fijación de los antropólogos por los coleccionistas de anillos prepuciales y por cualquier manifestación –sobretodo si es exótica- los hace particularmente pesados. Suelen los antropólogos ignorar, en los dos sentidos de la palabra “ignorar”, la Historia, como si en ello les fuera todo el castillo de su método y sus tesis. Hay gente para todo.
Así como nos resulta difícil entender las viudas de los vivos, hay parejas que no consigo entender o justificar microeconómicamente. Ni falta que me hace. Para no abrumar, me limitaría a dos tipos de parejas que, abreviando o simplificando, llamaré “pareja de conveniencia” y “pareja siamesa”.
Ambas tienen en común una gran probabilidad de hacerse indisolubles. Pero aparte de esta coincidencia, no hay más. No puede coexistir una persona con tendencia a la conveniencia con otra con tendencia a la pareja siamesa. En la primera, en la pareja de conveniencia, no tiene porqué haber fraude; puede tratarse de un mutuo acuerdo tácito, como un contrato para obtener la seguridad. En el famoso principio jacobino (“Liberté, Egalité, Fraternité”) lo más fácil es la fraternidad. En el principio de “Tranquilidad, Felicidad y Seguridad” lo más facilón es la seguridad. De ahí me temo que provienen las parejitas de conveniencia, las cuales por otra parte son las consideradas modélicas.
Hace poco oí a una joven de 26 años que hace poco ha obtenido un rutilante Certificado de Aptitud Pedagógica universitario: “Si J. me hubiera pedido hace tres meses que me casara con él, lo habría hecho” Yo vivía en la inopia más cándida y desconocía que pudiera haber tal pasividad a la vuelta de la esquina del siglo de la revolución sexual. Tengo más datos para prever que habrá ahí un matrimonio de conveniencia. Sin embargo, no tienen ningún interés.
Mi amiga A.F., que ha pasado por varios estados civiles tranquilamente y que para mi es el paradigma de la elegancia y la armonía entre Liberté y Tranquilidad, me iluminó el otro días sobre la “pasividad” femenina de esta subespecie de neopijas que van a llevar nuestras conquistas y desengaños al carajo: “Abans es feia perquè la cosa anava així, ara és que s’ho creuen” (Antes lo hacían porque la cosa iba así, ahora es que se lo creen). Es decir, antes de la revolución sexual, que pidiera el matrimonio el hombre era como si dijéramos lo adecuado y lo convencional. Hasta lo más práctico. De ahí a creérselo va un trozo. ¿Qué ha pasado? No tengo la menor idea.
La pareja siamesa sí que me parece interesante y no me cuesta esfuerzo alguno respetarla, seguramente por cuestiones irracionales por las que me repugna la pareja de convencionales. En la pareja siamesa se hace trágico aquello de que los sentimientos engañan. Dice otra amiga, “Pantacruells”, que nosotras las mujeres tenemos dos ocasiones de hacer el ridículo:
  • Cuando somos madres
  • Cuando nos enamoramos
Creo que es cierto. En la pareja siamesa hay amor y en la de conveniencia no. O sí. Como mucho vamos a conceder el beneficio de la duda y admitir que hay “cariño”. Por eso en la pareja de conveniencia se excusa el ridículo.
Un escritor catalán, Josep Mª Espinàs, escribió una vez en “El Periódico de Catalunya” algo que no he olvidado. Era una columna más en aquellos días en que un equipo de cirujanos pretendían separar dos hermanas siamesas. Espinàs hacía una serie de consideraciones sobre la vida que tenían que llevar dos personas inseparables y también trasladaba la situación a aquellas personas que viven en total dependencia a costa de otras. Como parásitos. Yo a mi vez trasladé la dependencia a la reciprocidad. Y por mi manía de la Liberté-Tranquillité el monstruo de la reciprocidad me pareció una aberración tan considerable como la del suicidio de las viudas que sobreviven a sus maridos. El signo más evidente de la pareja siamesa es que, por estrecha que sea la calle por donde caminen, pasan como un solo bloque y llevan clavados en sus paraguas los ojos de los viandantes desprevenidos.
Cada persona tiene que cumplir su propia vida. La unión entre dos personas debería potenciar lo que es cada una de ellas, como ocurre con los duetos operísticos.

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22.9.07

Cardinales

“The soul selects her own society”
El alma elige su propia sociedad
Emily Dickinson

Los peritos grafológicos saben detectar en la escritura la orientación del sujeto. Saben, a través de la distancia entre las letras o por el uso de las mayúsculas, de su apego a la familia o a la sociedad. Saben de su vinculación al pasado o al futuro según el sentido de determinados rasgos o por la tendencia a derecha o izquierda de todas las líneas. La letra, según se eleve o pese, muestre los óvalos estrechos o anchos, abiertos o cerrados, muestra actitudes equivalentes. Por la escritura sabe el grafólogo de nuestros dolores de espalda y de nuestros secretos. Y aunque escribiésemos a mano, si lo hacemos por extenso, hay programas lexicométricos que nos distinguirían en una multitud. Nuestro vocabulario puede ser clasificado en categorías gramaticales, en grupos semánticos y estadísticamente con mayor presteza que la de un sexuador de pollos.

Las afinidades electivas tiene un pasaje que refleja muy bien otra curiosidad de la escritura:

“Por último entró Otilia rebosando amabilidad. La sensación de haber hecho algo para su amigo elevaba todo su ser. Depositó el original y la copia ante Eduardo. -¿Vamos a comprobarlo?- preguntó sonriente. Eduardo no supo qué contestar. La miró a ella y contempló la copia. Las primeras hojas estaban escritas con el mayor cuidado, por una mano delicada y femenil; poco a poco, los rasgos parecen modificarse, volverse más ligeros y más libres. Pero ¡cuánto se asombró al recorrer con la vista las últimas páginas!- ¡Dios del cielo! –exclamó- ¿Qué es esto? ¡Pero si esta es mi escritura! Clavó los ojos en Otilia y miró otra vez los papeles: particularmente el final era exactamente como si lo hubiese escrito él. Otilia guardaba silencio, pero le miraba a los ojos con una expresión del más vivo contento. Eduardo levantó los brazos. ¡Me amas! –exclamó- ¡Otilia, me amas! Y se abrazaron. No hubiera podido decirse de cuál de los dos partía la iniciativa”
(Johann Wolfgang Goethe. Las afinidades electivas. Barcelona: Fama, [1951], pág. 117)

Yo he llegado a ver Otilias que tenían la letra más parecida a la de los Eduardos que ellos mismos. Sobre todo porque la letra cambia. Sin embargo, lo que ahora me ocupa o me distrae es lo que decía al principio: la orientación. Me temo que la palabra tiene una carga anglófona, pero no es muy disparatado adoptarla cuando al fin y al cabo ya era una metáfora.

“Orientación” sería lo que le interesa a cada cual y lo que le mueve. Por ejemplo: Otilia está orientada a Eduardo. Nosotros, las personas, podemos vivir hacia fuera o hacia dentro, hacia los “superiores” o hacia los “inferiores”, hacia los iguales o hacia los distintos, hacia nuestros muertos o hacia los que queremos traer al mundo. No hace falta hacer un examen pericial con lupa para ver que es lo que le interesa a nuestros congéneres y a los perros, y a los que mandan. Se dirá, en todo caso, que cuanto más perspicaces seamos, con más claridad veremos la orientación. Pero lupa no hace falta. Ni telescopio.

Hay un tipo de orientación cardinal que no acabo de situar. Me refiero a la de los altos cargos que en caso de desastre (incendio intrahospitalario, caos en un aeropuerto, gran nevada) están orientados a sus aún más altos cargos y a la prensa o a la televisión. Ésos, no tienen alma.

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21.9.07

Divagaciones de Otoño (1)

Trini, mi canario flauta cautivo, tiene nueve años y siete meses. Vendría siendo un sesentón, si fuera un hombre. Diría que ha perdido agudeza visual. Y además, el cambio de pluma lo ha dejado bastante maltrecho. Pero también debo decir que pocos canarios alcanzan la edad de Trini. Nunca ha tenido que ir a una reunión de vecinos, ni sabe qué es un primer día de colegio, pero -¿cómo lo diría?- tiene presencia, inspira respeto, es delicado y serio, cumple con lo que es ser un pájaro. ¿Qué es más fácil: ser un pájaro o ser una persona? El pájaro, como diría Salinas o un poetazo cualquiera, vive en los sustantivos. A las personas se nos exige toda la flexión gramatical. En épocas pesa más la acción, la cosa verbal. En épocas pesa más el adjetivo.
Parece que los gatos son fotogénicos per se y, sin embargo, las personas no siempre somos fotogénicas. O será que los gatos sólo se dejan fotografiar por fotógrafos. Um. El lánguido escepticismo de un gato pasaría como un escalofrío de desdén por el medio de una junta de vecinos tediosa y mal llevada. El canto de Trini, mi pájaro cautivo, proclama en la tarde no el día que se va ni la noche que viene, sino al mismísimo sol que reverbera en cada nota como lo hace en las filigranas de La Alhambra, y en los feos sucios parabrisas de las ciudades.
Trini no puede leer Madame Bovary, pero tampoco podrá leer un séquito atroz de novelas pesadísimas sobre tontas de campeonato como Emma. Tontas mal explicadas. Tontas maquilladas por la psicología ñoña y garrula de quien se cree entender el mundo, el demonio y la carne, por el marquéting editorial (que exige 4 encuentros sexuales por relato y un trasfondo histórico más sucinto que un telediario y más simple que el rabo de un cerdo). Tontas donde se vierten o trasvisten las fantasías que sus autores y autoras se niegan a sí mismos, como si en la literatura del siglo todo valiera y tuviera una función higiénica o, peor aún, ejemplarizante.
Quien sabe lo que es un pájaro, aunque cautivo, bien me ha de creer que Trini entiende. A veces incluso me entiende a mi más que algunas personas.

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13.9.07

Como como

on la gastronomía molecular me pasa como con la fiesta de los toros: sí, pero no. “The fat duck”, de Inglaterra, fue considerado en 2005 como el mejor restaurante del mundo por la revista “Restaurant”. Los años 2004, 2006 y 2007 ese título lo obtuvo “El Bulli”. El chef de “The fat duck”, Heston Blumenthal, preconiza la gastronomía molecular. Al lado de este fundamento químico, hay bromas desconcertantes, como la gelatina de naranja y remolacha, en que la gelatina anaranjada está hecha a base de remolacha y la rojiza a base de naranja sanguina. El plato llamado “Sonido del mar” se sirve con un iPod. Según un post de Tiriti (tiritinyam en Blogspot) “Sonido del mar” consta de “una espuma de ostras, almejas y algas sobre un lecho de arena que en realidad es tapioca y angulas”. Estas creaciones son como pequeñas fallas, arte efímero, prestidigitación, y nos recuerdan la caricatura en El Satiricón del banquete romano de Trimalción.

La web de “El Bulli” hace un despliegue imponente de todo lo que hay detrás de Ferran Adrià. Enorme personalidad. La Síntesis de la cocina de El Bulli reúne 23 puntos que son todo un manifiesto. De esos epígrafes destacan a mi parecer los siguientes:

“(1) La cocina es un lenguaje mediante el cual se puede expresar armonía, creatividad, felicidad, belleza, poesía, complejidad, magia, humor, provocación, cultura.”

“(3) Todos los productos tienen el mismo valor gastronómico, independientemente de su precio.”

“(10) Los estímulos de los sentidos no sólo son gustativos: se puede jugar igualmente con el tacto (contrastes de temperaturas y texturas), el olfato, la vista (colores, formas, engaño visual, etc.), con lo que los sentidos se convierten en uno de los principales puntos de referencia a la hora de crear.”

“(12) Se crea en equipo. Por otra parte, la investigación se afirma como nueva característica del proceso creativo culinario.”

“(13) Se borran las barreras entre el mundo dulce y el mundo salado. Cobra importancia una nueva cocina fría, en la que sobresale la creación del mundo helado salado.”

“(15) Se potencia una nueva manera de servir la comida. Se produce una actualización del acabado de platos en la sala por parte del servicio. En otros casos, son los comensales los que participan en este acabado.”

“(21) La descontextualización, la ironía, el espectáculo, la performance, son completamente lícitos, siempre que no sean superficiales, sino que respondan o se conecten con una reflexión gastronómica.”

A pesar de la fascinación que nos produce la cocina creativa, totalmente merecida, algo tiene de excesivo, rebuscado, recargado, que me resultaría embarazoso de sobrellevar en la mesa. Con un iPod en el plato pensaría más en si me lo voy a poder llevar o en si por el contrario no va incluido en el menú. Como mi memoria emocional del sonido del mar está lejos de la propuesta del chef Blumenthal, seguro que el trance además de embarazoso incluso me resultaría penoso, por alterar mis recuerdos. Los recuerdos son frágiles.

Por otra parte, lo que tal vez incomoda algo en esta cocina archipremiada, no es tanto la ruptura de la barrera tradicional entre lo dulce y lo salado (la ironía de sabores) ni la presentación afectada y pictográfica o escenográfica. Creo que el posible desagrado sería por razones más profundas, más atávicas, y más allá de la estética y la dietética. Y eso que está claro que el manifiesto de Adrià no está enfocado a la nutrición. Dicho de otra manera: ¿Podría alguien (niño, joven, maduro o anciano) llevar una dieta sana si hiciese todas las comidas en “El Bulli” durante, no sé, un año? No lo sé, pero tiendo a pensar que no. Otra pregunta que se me ocurre es si la gastronomía molecular reconforta, sobre todo a la vista de las dosis infinitesimales en que se sirve. Me refiero a las necesidades elementales y básicas. La ironía sorprende, la ironía halaga la inteligencia, pero no sacia, no alimenta, no refresca, no calienta y no reconforta.

Al empezar, decía que con la gastronomía molecular me pasa como con la fiesta de los toros: sí, pero no. En los toros me resulta más repugnante aún que la corrida con su matador, su banderillero, rejoneador, etcétera, la cosa del encierro y otros espectáculos colaterales de participación de masas en que el toro es vapuleado, confundido y torturado. En el tema de la comida me desagrada más la cosa de los biocombustibles o de la tomatina de Buñol que la gastronomía científica que hace raíces cuadradas con el chop suey y que hace gachas de caracol. Me explico: el torero tiene su arte. Nos guste o no, lo tiene. El bravucón es un bruto cruel que da salida a no sabemos qué instintos. El gastrónomo molecular tiene su arte, pero la tomatina de Buñol, con sus 100 toneladas de tomates, indigna a quienes sentimos el hambre. Verdaderamente, no se debería jugar con la comida, a no ser en dosis infinitesimales.

No he cogido el tema de los biocombustibles por los pelos. En la cocina de Blumenthal, además de mezclar el reino animal y el vegetal y el mineral promiscuamente, se da la presencia de elementos que ni siquiera son comestibles. El plato más famoso (después del helado de tocineta ahumada con nitrógeno líquido) nos propone, dije, un iPod, que no es comestible. También los llamados alimentos funcionales o con suplementos nos alejan de la materia prima o nos la hacen irreconocible. Es una especie de enajenación o enajenamiento. La manipulación y enajenamiento de la comida, nos ofrece la comodidad pero nos quita la autenticidad. El corolario son los biocombustibles como el biodiésel o el bioetanol. Y lo peor son sus consecuencias en el medio ambiente, en la sostenibilidad, en los pastos, y en el sectos alimentario. Es previsible que Indonesia, que ha talado el 70% de su selva, la dedique a la plantación de biocombustibles. No sé si me explico.

La comida es un tema que tiene miga. No debemos jugar con la comida, no podemos comer lectores de MP3 de bolsillo, no podemos hipotecar nuestro pan a favor de los coches, los jeeps, las motocicletas y los aviones. No y no.

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11.9.07

“Rapets con yema de huevo al limón, capullos de margarita, aceite de piñón y mantequilla de avellana” y los avellanos de Boí


veces, la naturaleza sólo se nos hace presente en las ciudades por la comida, un dolor de muelas, el calor de un asiento abandonado, otro dolor de muelas, el azul del cielo cuando desfallece al atardecer, y poco más. En los grandes supermercados, los alimentos no huelen. El jengibre está al lado del limón como en las bibliotecas Cervantes está al lado de Cadalso, en orden. Pero todo el mundo sabe que en la realidad no manipulada y en la naturaleza el orden es otro o ni siquiera es orden. No es logos.

Ugo Enrico Paoli en su Urbs: la vida en la Roma antigua nos recuerda que en nuestra época el “tren que utilizamos tiene un número; y un número el vagón, el asiento, el ferroviario, el revisor, el libro de registro, el billete de ferrocarril, la taquilla en la que lo hemos adquirido, el papel-moneda con el que hemos pagado. En la estación tomamos un taxi, que tiene un número, conducido por un chófer, que tiene también un él un número [...]” Toda ésta prolija explicación sirve para hacernos ver la dificultad que suponía encontrar una casa en las grqandes ciudades antiguas como Roma. Las pocas calles que tenían nombre en la capital del imperio no estaban numeradas y las señas se daban por aproximación: en la Vía Sacra, bajo la Velia, donde está el templo de Vica Porta.

En nuestro mundo tan ordenado, además, muchas cosas llevan escrito su nombre, como pasaba en Macondo, en Cien años de soledad, cuando perdieron los personajes la memoria. E incluso las cosas llevan su modo de empleo, composición, etc.

Estos días en el Valle de Boí ribagorzano, el boj, los avellanos, los abetos, la genciana, los cardos, el agua, no llevaban nombre. Qué descanso. Desde aquel aire tan puro y desde la montaña, indiferente, es imposible de contemplar la visita de Tenzin Gyatso –el dalai lama- durante el puente de la Diada como una casualidad.

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