29.4.17

De Murcia a Corea del Sur


sta mañana estuve leyendo lo del romántico o acosador de Murcia, que se ha hecho viral en las redes sociales, y con bastante precipitación me forjé una opinión. Aún en el supuesto de que obviáramos los detalles un poco enfermizos de la especie de proclama a lo profano y a lo Facebook, no es débil el argumento de que el objeto de la difusión, una chica que volvía de una fiesta en transporte público, no le ha visto la gracia sino que más bien le ha resultado temible
Y hoy casualmente he ido a ver Dangsinjasingwa dangsinui geot, película de Corea del Sur que se ha proyectado en las salas españolas como "Lo tuyo y tú" (Hong Sang-Soo, 2016). Obtuvo el premio del Festival de San Sebastián al mejor director, de lo que me alegro, pero es de las películas más aburridas que he visto en los últimos 10 años. Tal vez tiene en ello mucho que ver que todo son diálogos y que las escenas se desarrollan en los lugares que muestran los fotogramas del cartel y poco más: un par de bares, lo que podría ser el taller de un pintor, el canal de un parque y la portería de la protagonista, Minjung.
Minjung tiene una sed monstruosa y es una especie de Juliette Lewis a la coreana. Una de las facultades o debilidades de Minjung es la de no recordar con quien se acostó o la de tener una hermana gemela intermitente. A ello hay que añadir que Youngsoo, que está perdidamente enamorado de ella, tiene sus ensoñaciones y hay momentos que no sabemos si está con ella o se imagina que está con ella. Como, tal y como advertí, la película está surcada de diálogos (algunos de ellos cargados de cerveza) y no hay más remedio que acudir a seguir los subtítulos, el golpe de 86 minutos se hace como el doble de largo. Luego los sufridos cinéfilos nos agarramos al programa de mano buscando argumentos para sustentar el galardón donostiarra y encontramos que es una experiencia del no-conocimiento.
El enamoramiento sigue teniendo una enorme fascinación y un carácter universal, algo revestido de mucha razón y toda la comprensión del mundo, en Murcia y en Corea del Sur y supongo que también en Corea del Norte y en Albacete. Pero, como tantas otras cuestiones que tanto nos emocionan y nos perturban o nos preocupan, puede ser algo que vale la pena o simplemente una farsa, locura o una obsesión que fácilmente prende en una mente debilitada por el aburrimiento o la vaciedad.


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27.4.17

La vergüenza

ace un tiempo decoré el blog con un cuadro de Velázquez que está en la National Gallery (Londres), "Cristo en casa de Marta y María" (1618-1620). La misma escena bíblica pero pintada con anterioridad por Pieter Aertsen (1553) se diría que no tiene mucho que ver, a no ser que consideremos el efecto del cuadro dentro del cuadro que muestra a Jesús de Nazaret hablando con sus amigos al fondo del lienzo. En todo caso guardaría mayor parecido con la pintura de Joachim Beuckelaer, que creo que era sobrino de Pieter Aertsen. El cuadro de Aertsen es más sensual y con ello supongo que pretendía marcar más el contraste de la escena que corresponde a la vida piadosa (María) y la escena que corresponde a la vida activa (Marta). Hay además de las coles, las manzanos y los quesos, lirios, claveles y rosas, dos señores descalzos, nabos, zanahorias, un lechón. La escena produce una sensación de "acción", incluso de un cierto frenesí.
La Marta de Beuckelaer está notablemente más tranquila que la Marta de Velázquez y se la ve más segura en su papel. Como ya dije hace casi exactamente 6 años en la escena el pintor sevillano contribuye a que el rostro de Marta sea el que tiene la mayor expresividad y en él se dirimen sentimientos encontrados, como acabamos de decir: el enojo, la frustración y la vergüenza o la rabia. La escena de Cristo queda como algo mortecino al fondo, y las figuras de Marta y la dueña son más relevantes, más vivas. Pero la anciana de Velázquez parece reconvenir a Marta por haber protestado, y ésta -como pretendo explicar- se ruboriza un tanto por el enfado y otro tanto por la vergüenza:
"Yo siempre trabajando y preparando meriendas y la otra, hala, que no da un palo al agua. Pues vaya.
Marta, Marta, una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena".
Aunque muchas veces se confunden la vergüenza y la timidez, no son lo mismo ni mucho menos. Pero no concuerdo más que un poco con Jesús Gabriel Gutiérrez, quien en su libro sobre Quirón afirma:
"Vergüenza y timidez son dos cosas distintas aunque concomitantes. La vergüenza es un amasijo de emociones, y la timidez es la consiguiente reacción fisiológica. No se sabe cual de las dos fue primeramente implantada en el comportamiento humano. Probablemente la vergüenza sea una evolución culturalizada de la timidez, la cual quizá sea una emoción en bruto. Por otro lado, la vergüenza es una emoción muy instaurada en la especie humana, mientras que la timidez es una reacción muy individualizada. La vergüenza tiene su raíz en una sensación de abandono, y la timidez es su correspondiente reacción visceral amplificadora de aquella." (*)

Pienso que Gutiérrez va algo desencaminado. Recomiendo vivamente el libro Morirse de vergüenza del neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, en donde se nos explica la relación del sufrimiento con la vergüenza. La timidez guarda mucha relación con el temor y creo que ya etimológicamente -aunque no me guste echar mano de la etimología- la timidez proviene de timor ("miedo, temor, espanto"), mientras que la verecundia encuentra a mi entender su definición más acertada en la que encuentro en el Wikcionario: "Sentimiento de turbación causado por sentir culpa, humillación o deshonra".  El tímido se ve expuesto y no se atreve a mostrarse, el vergonzoso o el avergonzado se ve más condicionado por consideraciones morales y ha sufrido, como dice la definición, una mortificación, alguna indignidad, o tiene un sentimiento de culpa en la que al mismo tiempo es la víctima. Y lo que coronaría esta explicación que ya es demasiado larga para mi gusto sería la noción de que existe la vergüenza ajena cuando no existe la timidez ajena. La vergüenza ajena, que al parecer es un término español, sería la que sentimos empáticamente cuando el que la debería sentir no la siente, noción curiosa donde las haya y que no sé si tiene equivalente en muchos idiomas. La timidez ajena no existe. La notamos y hacemos por aliviarla, pero no nos perturba, no nos incomoda.
Porque la vergüenza nos ruboriza es por lo que muchos estudiosos defienden que ponerse rojo es una garantía de probidad, algo que la naturaleza establece para que los humanos demos signo de honradez y así, a través de un lenguaje no verbal, consigamos como los pavos reales al extender sus alas, un efecto seductor (?).
*
El cuadro de Beuckelaer nos habla de una clase social burguesa mientras que el cuadro de Velázquez nos habla de una clase más modesta y con unos alimentos más cotidianos. Está claro que las Martas flamencas no están caracterizadas en Betania, mientras que la de Velázquez podría pasar por la mismísima Marta de Betania, aunque también le daría un aire a Aldonza Lorenzo. Lo que va de las manos de la Marta de Beuckelaer a las manos de la Marta de Velázquez es mucho. Me pregunto si el Príncipe de Beukelaer -el de las galletas- tiene algo que ver con Joachim Beuckelaer. Y ya comparando hasta el paroxismo, la María de Velázquez parece goyesca.

Joachim Beuckelaer, Cristo en casa de Marta y María (1568). Museo del Prado

Diego de Velázquez, Cristo en casa de Marta y María (1618-1620). National Gallery (Londres)

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(*) Cito de fuente indirecta, a través de la copia que me ha proporcionado para el caso mi amiga V.C.P.

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26.4.17

Notas de desengaño

l lector de Els fruits saborosos capta tal vez como yo un tono que podría fácilmente confundirse con lo cursi, cuando en un momento corrige esa percepción la certeza de su cierto clasicismo. Por tiempo que pase, Josep Carner siempre me produce ese giro de parecer que acaba impregnando todo su estilo y que no me permite llegar a ninguna conclusión, especialmente porque no la busco.
Supongo que todo hijo de vecino ha sufrido o ha disfrutado más de una vez con la constatación de haber sido prejuzgado o encasillado. "Encasilla, que algo queda", podríamos decir, por asimilación a lo de "Calumnia, que algo queda". En mi caso, que nada tiene de particular, cuando me siento prejuzgada o encasillada, lejos de revolverme lo que hago (si puedo) es retirarme, porque la situación me inhibe y me produce pereza, y las personas que se arrogan el poder de encasillarme me empujan al aburrimiento tal cual.
Los prejueces manejan una información muy limitada y se manejan en el mundo de la apariencia, pero no es raro que brille en sus ojos la perspicacia, de buen conocedor, de tasador o de catador experto. Naturalmente el conocimiento mundano puede dar aciertos como da yerros y, por ejemplo, si alguien supone que no sé apreciar la digitalización porque tengo 55 años lleva parte de razón porque es cierto que tengo 55 años y hasta algo más. Hay prejuicios que revelan no ya ideas preconcebidas sobre la edad o el género, sino que son verdaderas pruebas de discriminación racial o social que revelan creencias y querencias segregacionistas. Y, no nos engañemos, la discriminación tácita, la que se da por sentada, hace tanto o más daño que la que se manifiesta con letreros, leyes, normas.
El aburrimiento y el desengaño me llevan invariablemente a usar mi tiempo en labores de lo que llaman "perfil bajo", de mi disfrute y de la intimidad. También el exceso de opiniones a las que nos vemos sometidos o en el que estamos sumergidos día a día me ha convencido del valor de cuanto no se hace público y vive en las entretelas, de manera que decido ir a mi paso.
Días atrás me comentaba una tokiota que el año pasado hizo el Camino Francés compostelano que se había encontrado muchos grupos de españoles. Y es verdad, los españoles suelen hacer el Camino a Santiago en grupos, algunos incluso muy numerosos. Cuando yo hice mi parte del Camino todos los caminantes que encontré que iban como yo solos eran extranjeros (una holandesa, un australiano, un belga, etc.) Este gregarismo es curioso y si bien tendemos a desconfiar de quienes quieren estar solos también deberíamos desconfiar de quienes siempre van acompañados. No saber estar acompañado es tan pernicioso como no saber estar solo.
A veces la compañía se encuentra en los poetas muertos, a veces en la naturaleza, de la misma manera que la soledad se puede encontrar en la multitud.
Después de haber tocado el fin de una larga etapa sería fácil presa de la ociofobia de que hablaba el otro día el psicólogo aquel, Rafael Santandreu, en La Vanguardia. He ido a parar a una vieja afición que le he tenido al dibujo y aunque a todas luces no tengo tampoco talento con las formas y los colores, me entretengo y disfruto. La cháchara de la radio, que siempre me había distraído e interesado, ahora me satura. La literatura ahora me irrita, especialmente la ficción. Quedan muchas cosas de qué disfrutar, claro. Creo que es el proceso natural después de muchos años de haber consumido enormes cantidades de textos. Ese vacío lo tomará mi nueva Marta o lo que quede de la vieja, tanto da.



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(*)
¡Ai la petita Ixena, voluble com l’amor,
que vols que et creguin muda, la boca ben estreta,
i ta mirada xiscla tan fort com l’oreneta
dessota les pestanyes, serrell del teu candor!

Quan obres la finestra, ja tot el món és clar;
l’olor que t’esperava del roserar, tremola;
la llum et pren la cara i pel teu cos rodola
i ta rialla dins un raig de sol se’n va.

I quan el cel és d’or i cada cosa invita
en el camí i el marge i el tros, sobtadament
sents una esgarrifança del goig d’ésser vivent,
l’esguard xipollejant en la llum infinita.

¡Ah si les albes roses i el branquillons d’abril
i el so de l’ocellada i el riu que s’adelera
poguessin lliberar-te, tu sola, tu primera,
de topar mai el dol, Ixena, més gentil

que les primeres peres que es fan acolorades
llavors que tant s'atarda el sol per la vesant;
les peres jovenetes, penjant extasiades
de cabre justes, dintre la boca d'un infant!

“Les peres jovenetes”
Josep Carner, Els fruits saborosos

Trad. literal de Marta Domínguez Senra: ¡Ay la pequeña Ixena, voluble como el amor, | que quieres que te crean muda, la boca bien estrecha,y tu mirada chilla tan fuerte como la golondrina bajo tus pestañas, flequillo de candor! |Cuando abres la ventana ya todo el mundo se aclara;  el olor que te esperaba de la rosaleda, tiembla; la luz toma tu cara y por tu cuerpo rueda y tu risotada en un rayo de sol se va. |Y cuando el cielo es dorado y cada cosa invita en el camino y el borde y el trecho, súbitamente sientes un estremecimiento del gozo de vivir, la mirada esparcida en la luz infinita. |¡Ah si les rosas blancas y los brotes de abril | y el rumor pajaril y el río que se crece pudieran liberarte, tú sola, tú primera, de topar nunca el duelo, Ixena, más gentil |Que las primeras peras que crecen coloridas cuando tanto se dilata el sol por la ladera; las peras jovencitas, colgando extasiadas |  de caber justas, en la boca de un chiquillo. “Las peras jovencitas” (Josep Carner, Los frutos sabrosos) 

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15.4.17

Post 1516: ¿De quién es la calle?

eviso en el nomenclátor del Ayuntamiento de Barcelona la normativa para dar nombres a las calles y releo que solo se puede dar nombre de personas vivas a las calles y plazas cuando el homenajeado hubiera obtenido la medalla de oro de la ciudad, medalla que a su vez se puede conceder póstumamente. Esto me viene a la cabeza porque hace poco le dieron el nombre de Stephen Hawking a una plaza del pueblo de mi madre, en Finisterre/Fisterra (La Coruña). Desconozco los motivos por los que se tomó esa decisión ni quien la impulsó. Ignoro si fue por los méritos del físico, por ser extranjero, por ser famoso, por haber sobrevivido la esclerosis lateral amiotrófica que padece hace muchos años, por ser ateo, por lo que sea. 
Que yo sepa en Fisterra no hay una gran afición por la Física y desconozco la composición del pleno, sus intereses, sus anhelos, quién o quienes impulsaron la propuesta. Sólo me interesa traer el tema aquí como ejemplo del llamado dirigismo-adanismo cultural.
¿De quién es la calle? pregunto. La calle no es mía. La frase "La calle es mía" es una frase de Manuel Fraga Iribarne (1976), cuando reprimió una serie de manifestaciones callejeras desde su ministerio de Gobernación. La calle es de todos y "los españoles se divierten en la calle", como dijo Boccherini en el allegro del quintenttino, algo se expresa en "Morning in Madrid" (Nightnoise) también con violines, aunque irlandeses. Ese espacio social, menos hostil que los palacios y los hospitales, se puede llenar en un momento con una procesión o un festejo y nos bastamos y nos sobramos para llenarlo de color, alegría desbordante y fragancias de azahar o fritangas.
La calle la mata el dirigismo adanista pero también la mata el terrorismo que los últimos años tiene su principal objetivo en las aglomeraciones festivas de las principales ciudades europeas e inspira, como hemos visto ayer en la Semana Santa, seres que no sabemos si son gamberros, alborotadores o descerebrados e inestables a sueldo de organizaciones desestabilizadoras. Como lo más bonito de las calles de Europa es que el callejeo se produzca sin miedo, desde el momento que el terror o el toque de queda se adueña de ese espacio de convivencia, ya deja de ser lo que es.
La lluvia muchas veces ha frustrado las procesiones de las cofradías y las hermandades que sacan sus imágenes movidas por la fe. Este año sin embargo no ha llovido ni un instante se puede decir que en toda España y en ningún momento. Alguien dirá que sí, que hubo un chubasco en Lobios el Jueves Santo o que hizo un levante tremendo en Cádiz. Pero en general no ha llovido y han podido salir todas las imágenes de las Dolores y los Cristos y las Verónicas. Si acaso las ha deslucido apenas el comentario de los que tanto abundan en las redes sociales con las consabidas reflexiones sobre el mal gusto de la crucifixión y el consumo de gambas, churros o vino. A veces ya el planteamiento de esas reflexiones proclama su falta de vamos a decir información o de cultura, por lo que lo mejor es retirarse con un mohín de fastidio y respeto y seguir a lo de cada cual.
No he ido nunca a más procesión que la de Jueves Santo en Valladolid, que me resultó más bien poco emocionante. Dejémoslo ahí. No sé si alguna vez tendré ocasión de ver otras procesiones, especialmente por la gran cantidad de oportunidades que nos brinda la televisión de verlas. Naturalmente que no es lo mismo que estar allí. Ver no es lo mismo que estar. La alternativa festiva que nos han ofrecido alguna vez los detractores de las fiestas populares y de raíz tradicional es esperpéntica o cutre y muchas veces da más pena que otra cosa. Pero tal vez lo que más puede socavar o desvirtuar el espíritu de fiestas como A rapa das bestas, Les falles, San Fermín o la Feria de Abril o la Patum o el Sant Joan de Menorca será el exceso de turismo y de vandalismo alcohólico. No la debilidad. Por favor, ¿cómo se podrá comparar nunca Le Cirque du Soleil, por bonito que sea, con una fiesta callejera en la que participa todo el mundo y hay más o menos una tradición profunda? Es imposible.
Foto de "La Voz de Galicia"

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11.4.17

El sentido de las agujas del reloj



upe hace unos años que se hacían relojes judíos que en vez de funcionar en el consabido sentido de las agujas del reloj, funciona en sentido inverso. Aunque el de la foto de hoy tiene los números arábigos, el de Praga o el de la sinagoga de Ámsterdam tienen los caracteres o cifras hebreos y funcionan, como su escritura, de izquierda a derecha, cosa que -bien pensado- no tiene nada de particular puesto que el sentido del tiempo no tiene por qué llevar precisamente una dirección determinada. Incluso podríamos recurrir a aquello que dicen cuando ha pasado un día, que puede ser un día más o un día menos.
Hace unos días el Papa Francisco comentó en su audiencia general el salmo 50, más conocido como salmo Miserere, que empieza como "Miserere mei, Deus". El salmo está en puesto en labios del rey David, que el profeta Natán había reprochado por cometer adulterio con Betsabé y haber asesinado a su marido Urías. Por bonito que sea el salmo hay que estar muy colmado de misericordia para aceptar el carácter penitencial de esas palabras de purificación y contrición. 
Con este salmo 51, 50 para la Vulgata, me pasa como con el Beatus ille de Horacio. Este poema es una oda a la vida simple campestre, pero al final de él se nos revela que las palabras proceden de un avaro mientras cuenta sus monedas, quien así da a entender qué feliz sería sin sus viles preocupaciones. Cuando supe que las palabras del rey David dirigidas a Dios para que le concediera un corazón puro provenían de dos pecados (o en el mejor de los casos de uno), me paralizó el desconcierto ¿Cómo podría creer en el arrepentimiento de un ascendiente de Jesús de Nazaret, cuando veo en mi entorno la conducta errónea, maliciosa, egoísta o en el mejor de los casos poco generosa, de muchas personas que después se justifican con una facilidad sorprendente? Es decir, que David me inspira sentimientos bien poco cristianos, tal vez asco, y pienso cómo cualquier comportamiento, por abominable que sea siempre encontrará una comprensión y un perdón.
Mis conocimientos me desamparan, no alcanzan. Tal vez creemos que el eje de las creencias religiosas o la ciencia teológica gira en torno a ideas más relacionadas con el culto o lo sobrenatural, cuando en definitiva el núcleo de la cuestión principal es la misericordia, la facultad de sentir la miseria o la desdicha (no necesariamente la de los demás, como propondrán los etimologistas, sino todas).
El bien y el mal si queremos pueden ser nociones morales de tremendo rigor, pero también podrían ser conceptos prácticos. "El calor le va mal a un producto lácteo y se echa a perder". No estoy de acuerdo ya solo por eso con los relativistas que no aceptan el concepto del bien y del mal en ningún caso. En general, la mayoría de los relativistas con los que yo me he encontrado eran o iconoclastas o pusilánimes o gente que no puede adquirir compromisos o que se mueven por intereses que son ajenos a la condición de un caso. En un momento dado les interesará que suba -seguimos con la leche- el precio de la mantequilla (si les beneficia a ellos o a quienes les beneficie) y en otro momento dado les interesará que baje el precio de la mantequilla. También hay algo de la sociedad líquida y de las ideas de Zygmunt Bauman recreadas a la manera de cada cual. Lo de la liquidez también se lo pueden apropiar los new-aged con aquello del fluir y alguna cita de Heráclito y Lao Tsé o Jorge Bucay.
Por todo lo explicado yo estoy más predispuesta a admitir que  el bien y el mal pueden ser dos conceptos referentes a la utilidad. Y nos iríamos a aquella tabla regida por filas y columnas en las que se acrisolaban el que hace el bien y le sale mal, el que hace el bien y le sale el bien, el que hace el mal y le sale bien y que el hace el mal y le sale mal. También se podrá decir que hay quien aparentemente hace el mal para hacer un bien y que lo mejor es enemigo de lo bueno. Pero hoy lo que merecería la pena es todo lo más admitir que hay quien al hacer el mal y salirle bien nos puede hacer un bien. Y que en definitiva hasta el último momento no podemos garantizar qué se impuso. Me he encontrado en internet disquisiciones sobre si la culpa fue de Betsabé o de David.
No nos podemos dejar engañar por el sentido de las agujas del reloj, no son más que una ayuda para representar y medir el tiempo, pero el tiempo no es eso.

Reloj judío en sentido inverso
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9.4.17

Los mustangs

ecientemente se ha otorgado a Wolf Erlbruch, uno de mis ilustradores preferidos, el Premio Astrid Lindgren de Literatura infantil. A lo mejor el nombre de la sueca no suena mucho, pero si añadimos que fue la autora de los relatos de Pippi Calzaslargas, se hará más reconocible. Yo diría que el premio de Literatura infantil más importante es el Hans Christian Andersen, el cual tiene cuatro modalidades: de 0 a 6 años, de 6 a 9, etcétera. Astrid Lindgren a su vez obtuvo el premio Andersen, de manera que se mantiene una especie de línea sucesoria poque por supuesto ni Andersen obtendrá el premio Erlbruch ni tampoco Lindgren. Lo raro es que no haya alguien que quiera revertir esta tendencia que nos parece hasta natural y conceder premios "hacia atrás", retrospectivos.
También nos parece lo más natural que los premios se otorguen a los mejores trabajos o a quienes han obtenido una ristra de éxitos consecutivos, como reconocimiento a su trabajo. Aunque se hacen certámenes para animar a los jóvenes, son premios pequeños y tienen algo de simulacro. Alguna vez aquí he cuestionado la valía de premios como el Princesa de Asturias que más sirve para promocionar el principado que para enaltecer a nadie, en mi opinión. De hecho yo había llegado a defender que si la  cantidad de dinero que se da a los condecorados se dedicara a potenciar las áreas en las que se les dan los premios, ese dinero tendría mayor rendimiento. Pero estoy equivocada. La dotación es de 50.000 euros y si el premio se concede a dos personas, la dotación se reparte a partes iguales. Bien mirado no da para mucho, no da por ejemplo para pagar varios profesores de música en un centro municipal o para impulsar una investigación científica. Apenas da para unos ratones y un par de reactivos más dos becarios y poco más. Así que la dotación de los premios ya es lo que es, una dádiva y una forma de agasajo y de acontecimiento social que perpetua un orden dado.
Este post sobre los reconocimientos, si lo llevara a cabo, sería la pareja ideal para el de Las expectativas, que eran los deseos cuando los cargamos de compromisos, obligaciones y deudores.
Hace unos años un fotógrafo me comentó que se había instalado en un rol de público. Había renunciado al papel tan exigente de guía visual que podía haber asumido engañosamente y se había retirado a las filas de quienes observan el espectáculo, no se dejan ver (están en la penumbra de la fila 14) y además disfrutan cómodamente de lo que hacen los demás o de lo que se encuentran a su paso. Conquistó la perfecta discreción con no poca dignidad viril y la densidad moral del renunciante. convencido. Deponer el yo, como si se tratara de una piel muerta, puede acercarnos más a la autenticidad y a lo que es la vida. Menos individualismo.
No estoy demasiado convencida de que el sistema de expectativas y reconocimientos nos lleve muy lejos. De hecho, me explico mal, sí que nos ha llevado demasiado lejos. Desde la más tierna infancia se les exige a los niños tanto que no es de extrañar que muchos padezcan una crisis en la pubertad y cesen en sus actividades. Que no quieran hacer nada. Muchos consideran que es porque se les protege demasiado y tienen demasiadas oportunidades. Yo empiezo a pensar que se les protege por un lado pero también se les exige por otro. Se espera demasiado de ellos. Eso es enloquecedor. Eso es lo que de alguna manera les pasa a algunos caballos en la doma convencional, que reciben instrucciones paradójicas y que por un lado son sujetados pero por otro lado son azuzados. No sé si me explico. 


"Vladimirka" (Isaak Levitan, 1892)

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6.4.17

El sayo

tros años por estas fechas ya se había oído hablar quinientas veces del Color del Año. El de éste es el llamado "greenery", uno de los miles de verdes posibles, pero que ha sido fijado por Pantone determinando el tono exacto y dándole un nombre que para unos es como ponerle puertas al campo y para otros servirá para entenderse y de forma unívoca referirse a ese determinado matiz, que recuerda al trapo de la rana Gustavo (Kermit the frog). El rosa cuarzo del año 2016 me pasó totalmente desapercibido, pero del marsala de 2015 me alertó un traje que llevó Doña Letizia y que me hizo pensar que sería del pantone de moda. 
Más allá de la lechuguilla (cuello escarolado), las calzas y la botonadura del jubón del sastre de Moroni, me admira en los colores y en la expresión del rostro, algo moderno. Siempre que alguien se refiere a sus retratos se alaba el naturalismo, la penetración psicológica, una cierta transparencia del carácter. Con razón.
Hay dos detalles llamativos, el primero la pretina de cuero, donde se supone que colgaría su espada el sastre (¿?) y segundo el sello que lleva en el dedo meñique. El significado de los anillos, y más del dedo en el que se llevan, es un terreno abonado para todo tipo de interpretaciones. Lo único que yo digo es que me parece raro que alguien que trabaja con sus manos use anillo porque no deja de ser un tropiezo. Consigue interesarme más tener noticia de que este sastre vestía a la moda española, porque esas calzas abullonadas o gregüescos, los habían impuesto en Europa los militares españoles durante el siglo XVI.
Ya se sabe que prácticamente gran parte de la ropa que usamos habitualmente recibió una gran influencia del vestuario militar, y cosas como las cremalleras primero se usaron en los hombres y en los niños y solo al cabo de bastante tiempo se usaron también en los trajes y complementos femeninos. A nadie se le escapa el sexismo y el clasismo de la moda y cómo pregona cuanto vestimos la pertenencia a un grupo social o a una tendencia ideológica.
Yo he llegado a conocer tres sastres. El primero y su hijo vivían en el piso vecino al que yo viví en los primeros años de mi vida. Era de Tortosa y se llamaba Antoni Domènech. Llevaba la cinta métrica al cuello, como llevan los sacerdotes católicos una estola morada para la unción de los enfermos. Y también llevaba un acerico gris lleno de alfileres. Me gustaba mucho el acerico. Su hijo también fue sastre y trabajó para la Burberry´s, lo que indica que era muy bueno en su oficio.
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Cuando nací me envió mi tía Loli dos pololos de perlé. Dos pololos de ganchillo, sin perneras pero con su volante y sus lazos, uno azul claro y el otro no me acuerdo. A los cinco años aún los llevaba pero como iban pasados por unas gomas y se gastaban, a veces cuando menos lo esperaba, se me caían. Era un poco embarazoso para mí. Excuso decir que en aquella época todas las niñas usábamos falda, así que al caérsete una braga la tragedia que sobrevenía era incomportable.
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Me gusta la expresión "Hice de mi capa un sayo" (como quien dice que hizo lo que le dio la gana) y que a pesar de todo podamos cada cual desempeñar la potencia de elegir en cada momento entre lo bueno y lo mejor o lo malo y lo peor, aunque se diga aquello de que lo mejor es enemigo de lo bueno. A pesar de que yo siempre necesitaré la ayuda de los costureros y los tejedores para vestirme, me gusta pensar que en buena medida puedo valerme por mí misma para muchas cosas. Si me gusta contar con buenos profesionales para cuando hacen falta, también me gusta hacer yo mis cosas aún a sabiendas de que no serán tan perfectas.

"Il sarto" (Giovan Battista Moroni, ¿1565-1570?)

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